Suena el despertador. Me concedo cinco minutos más de sueño que se transforman en media hora de retraso. A tientas en el sueño me levanto y entro al baño sin saber bien en donde me encuentro aún. Me pongo lo primero que consigo, y morral en una mano, llaves en la otra, salgo de la casa rumbo a un normal día universitario.

Colas, semáforos, retrasos en las paradas, aglomeraciones en el metro y otras vicisitudes propias del día a día se interponen en el camino a la universidad. Una hora después con la ropa un poco arrugada, el morral casi al final del hombro y el rápido respirar de quien está llegando tarde a un sitio, por fin llego a la universidad.

Llegar a la universidad puede parecer exactamente lo mismo en boca de cualquier universitario. Sin embargo, no es lo mismo entrar por la pasarela de la UCAB que atravesar los arcos de la UCV. Ni por asomo visualizar los largos jardines de la entrada de la USB se podría comparar con la entrada de la UDO bajo el sol del oriente venezolano.

Por lo tanto, ser universitario no sólo depende de la asistencia a la universidad, sino que también está marcado por la casa de estudios a la que se asiste. No es poco común escuchar comentarios acerca de que alguien tiene pinta de unimetano o de ucista y no son pocas las discusiones acerca de cuál universidad es mejor.

Entonces, ¿de qué depende el arraigo universitario? ¿Qué hace a una persona pertenecer a una determinada casa de estudios y sentirse parte de ella? ¿El apego a la universidad es igual al que existía en años anteriores?

 
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